Fue Juan Wesley, el fundador del metodismo, quien redactó estas reglas a fines de 1739, cuando se organizaron las primeras congregaciones o Iglesias metodistas, que le llamó sociedades.  Aunque estas reglas contienen algunos preceptos que no aplicamos literalmente hoy en día, deseamos retenerlas en su forma original porque contienen la expresión de un elevado concepto de conducta cristiana.

 

1.- REGLAS NEGATIVAS

No hay más que una condición que se requiere previamente de aquellos que deseen ingresar a estas sociedades, y es “el deseo de huir a la ira venidera, y ser salvos de sus pecados”  siempre que esto realmente domine en el alma, se echará de ver por sus frutos.

Por tanto se espera que todos aquellos que continúen en ellas, sigan manifestando su deseo de salvación.

Primero: No haciendo ningún daño; evitando toda clase de mal, especialmente a aquello que más se practica como:

  • Tomar el nombre de Dios en vano.
  • Profanar el día del Señor, haciendo en el trabajo ordinario, o comprando o vendiendo en él.
  • Embriagarse; comprar o vender bebidas alcohólicas; o beberlas, a menos que sea en casos de extrema necesidad.
  • Tener esclavos; comprar o vender esclavos.
  • Reñir, armar contiendas, provocar alborotos; acusar ante la ley al hermano; devolver mal por mal, o injuria por injuria; regatear al comprar o vender, comprar o vender objetos que no hayan pagado los derechos.
  • Dar o tomar cosas mediante la usura, es decir, con interés ilegal.
  • Entregarse a conversaciones frívolas o faltas de caridad; particularmente el hablar de los magistrados o de los ministros.
  • Hacer a otros lo que ellos no quisieran que otros les hicieran a ellos.
  • Hacer aquellas cosas que ellos saben que no conducen a la gloria de Dios, tales como:
  • Ataviarse con oro y vestidos lujosos.
  • Hacer uso de las diversiones en las cuales no se pueda invocar el nombre del Señor Jesús.
  • Cantar canciones o leer libros que no tiendan al conocimiento o la amor de Dios.
  • Entregarse a la malicia o innecesaria complacencia consigo mismo.
  • Acumular tesoros sobre la tierra.
  • Pedir prestado sin la probabilidad de pagar, o tomar efectos a crédito sin la probabilidad de pagar por ellos.

 

 

2.- REGLAS POSITIVAS:

Se espera que todos los que perseveren en estas sociedades, sigan manifestando su deseo de salvación.

Segundo: haciendo lo bueno; siendo misericordiosos de cuanta manera les sea posible; y haciendo toda clase de bien conforme tenga oportunidad, y en cuanto puedan a todos los hombres.

  • A sus cuerpos, según la posibilidad que Dios les conceda, dando de comer al hambriento, vistiendo al desnudo, y visitando y socorriendo a los enfermos y a los presos.
  • A sus almas, instruyendo, reprendiendo o exhortando a todos aquellos con los cuales tengan ellos relación: hollando aquella doctrina fanática que dice que “no hemos de hacer el bien, a menos que a ello nos mueva el corazón”.
  • Haciendo el bien, especialmente a los que pertenecen a la familia de la fe, y a aquellos que anhelan pertenecer a ella; dándoles preferencia en los empleos; comprando los unos de los otros; ayudándose mutuamente en los negocios; y tanto más cuando el mundo ama a los suyos, y a ellos solamente.
  • Practicando toda diligencia y frugalidad posible, para que el evangelio no sea vituperado.
  • Corriendo con paciencia la carrera que les es propuesta, negándose así mismos, y tomando diariamente su cruz; resignándose a sufrir el reproche por amor de Cristo, y a ser como la hez y la escoria del mundo, sin extrañarse de que los hombres digan de ellos todo mal por causa del Señor, mintiendo.

 

3.- REGLAS RELIGIOSAS.

Se espera que todos los que perseveren en estas sociedades, sigan manifestando su deseo de salvación.

Tercero: Haciendo uso de las ordenanzas de Dios, tales como:

  • El culto público de Dios.
  • El ministerio de la palabra, ya sea leída o ya sea explicada.
  • La cena del Señor.
  • La oración de familia y la oración privada.
  • El escudriñamiento de las escrituras.
  • El ayuno o la abstinencia.

 

Estas son las reglas generales de nuestras sociedades; y Dios nos enseña a observarlas, todas ellas en su palabra escrita, que es la regla única y suficiente lo mismo de nuestra fe que de nuestra práctica.  Y sabemos que el Espíritu las imprime, todas ellas en los corazones verdaderamente despiertos.  Si hay alguno entre nosotros que no las obedezca, o que habitualmente quebrante alguna de ellas, háganselo saber a aquéllos que velan por esa alma como responsables de ella.  Le amonestaremos del error de su camino. Le tendremos paciencia por algún tiempo.  Pero si entonces no se arrepiente, ya no tendrá lugar entre nosotros. Habremos librado nuestra alma.